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TUTUNENDO: UN MARAVILLOSO SECRETO DE QUIBDÓ

Texto y fotos Andrés Mayr

Tomado de la REVISTA VOLAR de SATENA

Un colchón de nubes cargadas de agua da paso, esporádicamente, a la visión de un gigantesco tapete verde, oscuro, extenso, interrumpido de tanto en tanto por algunas serpenteantes líneas cafés. Una monótona textura de formas repetitivas que desde la comodidad del avión, no insinúa ni siquiera parte de la rica vida que alberga, y mucho menos sugiere estar habitado por humanos. Tampoco entiende uno, al ver este verde mar desde el aire, que el suelo se encuentra a treinta, cuarenta, cincuenta metros debajo de la impermeable capa de hojas y ramas que, desde siempre, se levantan al cielo, luchando por un poco de luz solar que les brinde energía para vivir.

Solo al acercarse al aeropuerto de Quibdó se empieza a entender la escala del mundo al que se está llegando: una casita, una cano, un pequeño cultivo de pancoger dan pistas sobre el colosal tamaño de la selva chocoana, ecosistema que, como nos enseñan desde la primaria, es uno de los más ricos del mundo en biodiversidad, recursos hídricos, precipitaciones y - como si estos tesoros vivos fueran poco - recursos minerales como el oro y el platino. A esta lista, que cualquier colombiano recita de memoria - seguramente sin comprender su verdadero significado -, se debe añadir un tesoro más del Chocó: Su riqueza cultural. Este apasionante universo social se nutre de la tradición de los indígenas émberas y kunas, que adaptándose de manera respetuosa al complejo y rico entorno que los vio nacer desarrollaron su profundo modo de vida que aún hoy mantienen; y de la fuerza y belleza de los negros descendientes de esclavos africanos, quienes orgullosos de su raza han colonizado desde hace más de dos siglos estos selváticos territorios, fundando a lo largo y ancho de su pacifico colombiano decenas de poblaciones y ciudades, donde su natural alegría y amabilidad crean un ambiente de magia y pasión para el visitante.

La llegada a un nuevo viejo mundo

Quibdó no se parece a las demás capitales colombianas. Si bien sus construcciones vernáculas son - en su cascarón - similares a las de cualquier ciudad, y se repiten a lado y lado de las calles una y mil veces, las peculiares actividades que albergan, tradicionales y modernas, dan a cada sector y a sus difusas fronteras un aura endémica y especial. Tal vez sea esta rica y aleatoria combinación de mundos - del bullicio y la congestión humana del centro al sereno fluir de las canoas por el río Atrato, distanciados solo por un par de cuadras -, junto con su ubicación en medio de la selva, lo que mantiene al visitante a la expectativa de cualquier sorpresa que pueda encontrar al girar una esquina. Un ejemplo de la alucinante cotidianidad de esta ciudad es su mercado. A él arriban exóticos productos de la selva - lulos dos veces más grandes y dulces que los que se venden en cualquiera de las capitales del país, o inmensos borojós con sus famosas propiedades afrodisíacas - en largas canoas de madera, algunas impulsadas solo por la corriente del río y el remar de sus dueños, y su actividad no se detiene en ningún momento de la semana mientras el sol ilumine. Este colorido mercado, y el recorrido por el malecón junto al río, son dos de los atractivos para visitar en la capital del Chocó, donde la contemplación de la puesta del sol en la orilla occidental del Atrato sera un abreboca de lo que le espera en Tutunendo, el mágico recodo de vida, amabilidad y biodiversidad, que pocos turistas han tenido, hasta ahora, el privilegio de disfrutar.

A tan solo 45 minutos de Quibdó, por la carretera que lleva a Medellín, Tutunendo podría pasar desapercibido para quien viaja pensando en "llegar ya" a su destino. Pero quien, escena que bien puede definir lo que es el Chocó: niños jugando alegremente en las calmadas aguas, hombres transportando el fruto de su trabajo en canoas elaboradas por

ellos mismos, gigantescos árboles descolgando sus ramas y bejucos sobre la corriente del río, algunas casas de madera que se insinúan por el humo que se levanta desde sus cocinas, y mujeres que superan, sin sorprenderse demasiado, el siglo de vida... todo esto bajo el relajante manto sonoro del canto de cientos de especies de aves que constantemente pasan de un lado al otro del río, a veces solas, a veces en manadas.

Tutunendo fue fundado en 1772 por una acaudalada mujer española apodada La Choma, y como muchos poblados de la región surgió por el deseo de extranjeros de explotar la riqueza mineral de este suelo. Más de 300 esclavos de raza negra - la más fuerte, la más resistente a enfermedades, la que mejor trabajaba en las duras condiciones de la selva - pertenecieron a esta mujer. Tras asentarse junto al río y dedicar varias generaciones exclusivamente a este oficio, estos hijos de África dejaron como herencia en la selva una población que sobresale por su belleza física y espiritual: nadie, absolutamente nadie, puede negar que tanto los hombres como las mujeres negras tienen en sus cuerpos y rostros motivos de sobra para sentirse orgulloso de su raza y poder exhibir a toda hora su blanca y perfecta sonrisa.

Una biblioteca de páginas verdes

Los guías que lo reciben en Tutunendo son una clara muestra de la amabilidad y de la sabiduría que encontrará en los asentamientos humanos de la selva. Robinsón Mena Córdoba, un joven invidente de nacimiento, le dará la bienvenida una vez que usted se baje de la línea (chiva) - o de la canoa: desde Quibdó se puede hacer un recorrido de tres horas por los ríos Atrato, Negua, Ichó y Tutunendo - y le enseñara todos y cada uno de los lugares del pueblo. Como hace Robinsón para saber exactamente en que lugar se encuentra y así poder contar las historias correspondientes? Bueno, pregúntele a él; seguramente le responderá con una sonrisa y seguirá con su impecable narración de las costumbres de los nativos de Tutunendo.

Si salió muy temprano de Quibdó, pídale a Robinsón que lo lleve a desayunar; seguramente le recomendará el patacón con queso y el jugo de borojo de Las Ricuras de Mi Abuela, o sus empanadas de carne. Otra apetitosa opción puede ser un buen plato de conejo silvestre, de gurre (armadillo), de venado, de guagua o de mico, carne que no encontrará en ningún restaurante de ninguna ciudad y que es obligatorio degustar aquí. Hágalo su paladar se vera recompensado.

Una vez que este bien alimentado e hidratado, sin prisa, como todo en esta región, es hora de descubrir los tesoros de la selva. Uno de los principales recorridos que han organizado los guías en el Sendero Ecológico entre Tutunendo y la Cascada de Chaparraidó, camina que puede tomar entre dos y tres horas, dependiendo del estado físico del turista y de su pasión por la observación de los animales y curiosidades vegetales. Se inicia con una corta caminata por la carretera que lleva a Medellín, antes de adentrarse en la selva por una trocha que, bajo el espeso dosel de ramas entrelazadas, se mantiene fresca toda el día. Poco a poco se dará usted cuenta de la impresionante capacidad de los guías para notar cosas de la selva que uno jamás lograría percibir con los limitados sentidos que en la ciudad no se entrenan: ellos distinguen la silueta de una pequeñísima rama café, de menos de un centímetro de largo, sobre un palo del mismo color; notan la presencia de una araña en la distancia, ven aves sobre ramas varios metros encimas de sus cabezas y parecía que incluso pudieran oler el silencio y el camuflaje de los camaleones. Eso sin contar con su impresionante capacidad para diferenciar las razas de las hormigas que prefieren evitar: "Uy, amigo, esa es la hormiga hueso-hueso, mejor no la toques que pica durísimo".

A medida que el sendero se interna mas en la selva, la librería médica que cientos de años de evolución de esta cultura, en comunión con este ecosistema tan rico y exuberante, se abre para usted. Los usos medicinales de plantas como la riñonera, una hoja que en centro tiene dibujado un "riñón" rojo y que se ingiere en una infusión tras haberla machacado, o de la navegadora, un retardante del veneno de serpientes como la talla equis o la verrugosa, que se debe masticar para extraerle el jugo y cuyo bagazo se debe aplicar inmediatamente en la herida, serán explicados en detalles por los guías.

Prácticamente no hay plante a la que no le conozca un uso, ya sea éste medicinal, artesanal o incluso industrial, como el caucho. Le ofrecerán a probar, morder, chupar y untarse varias especies de plantas, como el palito de churco, que emplean para combatir la sed y las lombrices parásitas en los niños, o la leche del lirio, liquido blanco y espeso que emana de los cortes que se practican en su corteza, y que al ser consumida previene y cura la gastritis, y también usan como cicatrizantes. Del fruto de la palma mil pesos, extraen un aceite que emplean en la cocina para preparar la mayoría de sus platos, y se dice que es tan suave y fino como el de oliva. De la palma de memè extraen del tallo de los frutos fibras que emplean en la elaboración de artesanías, y con la palma de amargo hacen escobas, pisos y techan sus viviendas.

Justo cuando uno cree que ya nada de lo que haga la gente con sus plantas lo puede sorprender, el sendero llega a la hermosa caída de agua de Chaparraidó, que con siete metros de altura y muchos más de larga, ha formado una piscina natural en la que darse un buen baño para refrescarse es casi obligatorio. Aquí han sido sembrados lulo, piña y plátano, y las heliconias terminan de dar un toque mágico, con sus intensos rojos y amarillos, a este recodo selvático donde finaliza la caminata.

Aguas Arriba

Otro de los recorridos que no puede perderse en su visita a Tutunendo es la llamada Ruta Acuática a Sal de Fruta. En canoas de madera que impulsan con la ayuda de una larga vara, los guías lo llevaran a través de un relajante viaje sobre el agua, pasando junto a casas que asoman sus fachadas de madera al río, imponentes piedras desde las que saltan alegremente los niños, y lavanderas que juiciosamente hacen sus deberes como cualquier ama de casa del mundo, sólo que con la bendición de un escenario que a mas de uno dejará sin aliento.

La Piedra del diablo, que sobresale algunos metros por encima de las aguas, es el marco de una leyenda que dice que en la noche del Viernes Santo, cuando el reloj marca las 12 en punto, ésta se abre por la mitad y de su interior aparecen una gallina dorada y sus siete pollitos de oro. Sin embargo, el resto del año, la piedra es usada casi a diario por inocentes niños que la utilizan como trampolín de sus clavados, y por parejas de enamorados que se sientan en ella a disfrutar de la paz, la vida y el romántico paisaje.

Sal de Fruta, más precisamente la estación Los Pichindé, es una caída de agua formada por dos grandes chorros. Bajo estos, una serie de pozos naturales cavados en la piedra por el agua son usados como piscinas por los turistas que, por horas, se quedan disfrutando de este acogedor paraje, donde antiguamente funcionaba la hidroeléctrica que surtía de electricidad el corregimiento.

Como punto final de este recorrido, el regreso a Tutunendo puede hacerlo dejándose llevar por la tranquila corriente del río, "derivando", como le dicen acá, disfrutando de otra perspectiva del paisaje y del masaje natural que le brindaran las aguas. Así, despacio, sin afanes, contemplando las mil y una diferentes especies animales y vegetales que han dado a esta región el adjetivo de "la más biodiversa del mundo", usted podrá meditar sobre el tesoro que los colombianos estamos perdiendo día tras día, por nuestra indiferencia y falta de interés, y agradecerá de todo corazón a estos hombres y mujeres que, por amor a su tierra, dedican desinteresadamente sus vidas a la conservación de este milenario patrimonio.